¡Vamos por las veredas, carajo!


Qué le diría a ese empleado o funcionario público que fundamentalmente cumple sus deberes y funciones en contacto con la gente, en la calle; a la vez, válido para los demás.

Con ser reproductores de la normalidad impuesta, alcanza y sobra, ya tienen justificado el sueldo; pero si la domesticación de la que forman parte les pesa demasiado, es mucho tiempo que vienen en la rutina de transmitir, ejecutar, cumplir, disciplinar, soportar, renunciar, asimilar…; entonces, hay que hacer algo para no terminar en la de siempre: esos jubilados o retirados, que patéticos mendigan atención y consideración del Sistema, habiendo sido muchos de ellos sus soldaditos más serviles, partícipes necesarios del devenir de la decadencia actual.

¿Cómo actuar sin caer en el delito? Por cuanto demasiada gente habla, promociona, instiga, difunde ideas…; pero cuando te las tomas en serio, miras alrededor tuyo y estas solo, aparece la Justicia que nunca vimos a justificarse. Lo apropiado es exagerar, sobreactuar lo normado pasiva o activamente, de un lado y del otro; ir más allá del deber en el cumplimiento del deber, que caiga con la evidencia de los hechos el cinismo generalizado de los que fingen demencia, porque en cualquier momento les toca a ellos o se ven pisoteados por sus mismas convicciones.

Al final, están las urnas para los cobardes de cualquier ámbito (público o privado, oficialistas y opositores), allí pueden sumar al Bien Común; nos ayudan. La política entiende muy bien esta cuestión, primero les meten miedo de algún modo, es el combustible que moviliza la existencia doméstica; el voto permite que se animen a mostrar su descontento, temores, prejuicios, intereses propios y no ser descubiertos……. 

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